He estado pensando mucho últimamente sobre el tiempo. No el tiempo meteorológico, sino el otro, el que pasa mientras esperamos que la química haga su trabajo en el tanque de revelado.

En la era digital, el tiempo entre disparar y ver la imagen es imperceptible. Un parpadeo. Pero con película, ese tiempo se extiende. Primero disparas el rollo completo. Luego lo rebobinas. Después viene el revelado: mezclamos químicos, controlamos la temperatura, agitamos el tanque en intervalos precisos. Son 11 minutos de espera activa.

Y luego está el secado. Las tiras de negativo colgando en el baño, goteando lentamente mientras esperamos que estén lo suficientemente secas para escanear o ampliar.

Todo ese tiempo de espera no es tiempo perdido. Es tiempo necesario. Es parte del proceso, parte de la fotografía misma.

La espera nos enseña paciencia. Nos obliga a confiar en nuestras decisiones. Cuando presionamos el disparador, no sabemos si la exposición fue correcta, si el enfoque quedó donde queríamos. Tenemos que confiar.

Y cuando finalmente vemos los negativos, hay sorpresas. Siempre hay sorpresas. A veces son errores: una doble exposición accidental, una fuga de luz. Otras veces son regalos: una imagen que resultó mejor de lo que esperábamos.

Creo que es por eso que sigo fotografiando con película. No es nostalgia. Es que me gusta este proceso lento, este tiempo expandido. Me gusta tener que esperar para ver lo que hice.

En un mundo donde todo es instantáneo, la espera es revolucionaria.