Los recuerdos de mi infancia en el pueblo son recuerdos de luz. Una luz amarilla crema que lo envolvía todo y dejaba que las sombras y siluetas poblaran cada rincón de la casa. Y estos mismos recuerdos me acercan ahora una paz que ya no siento como mía pero que sin duda grabó a fuego una impronta en mi persona: «el aburrimiento abre puertas a otros mundos que habitan en rededor, solo que no los ves hasta que no encuentras la luz adecuada».

La imagen de una silueta en negativo idéntica a mí pero con dedos y piernas más largos, me acompañaba todas las mañanas y me perseguía por toda la casa hasta que llegaba al cuarto de estar o la habitación de mis padres y desaparecía… Pero incluso allí volvía horas más tarde con un naranja más fuerte, bañando las estancias e impregnando de una quietud espacio-tiempo toda la casa.

Y en esos momentos, nacían amigos invisibles, surgían aventuras inventadas y hasta Morfeo venía a visitarme de vez en cuando, construyendo así, casi sin darme cuenta, las instancias de una imaginación que todavía vive en mí. Y me persigue. 

Siempre me alcanza.