Hace unos días leía un artículo la mar de interesante acerca del tiempo desde el punto de vista de la física. Y me trajo extraños recuerdos de mi adolescencia y mis primeros años en la facultad. En resumidas cuentas, si uno ha estudiado física -o no- recordará que el concepto del tiempo es una variable difícil de entender. Qué cosas, ¿no?

Dentro del campo de la física teórica, el tiempo adquiere un matiz de coordenada numérica, que nos sirve para precisar en qué momento ocurre un algo. Luego tenemos a los relativistas -larga vida a Einstein- para los que el “ahora” es subjetivo, algo que depende de otros factores, como la gravedad y el movimiento. Y por último, tenemos a la termodinámica, la única que le otorga cierta temporalidad gracias a su segunda ley en la que se dice que la entropía tiende a incrementarse según el devenir de los segundos…

Y aquí viene lo interesante. Debido a estos desentendimientos en el campo de la física con respecto al tiempo, filósofos y científicos empezaron a darle una vuelta al tema. Muchos, dijeron que el fluir del tiempo no era más que un cuento chino que nos inventamos para dar cierto sentido y coherencia a lo que vivimos. El tiempo no sería más que un refugio de nuestro querido cerebro.

Luego, la teoría cuántica quiso aportar otra perspectiva que a muchos descolocó -aunque para mí sigue el mismo camino que el de los filósofos, la verdad-: el tiempo parece un mero parámetro que metemos las personas para poder describir ciertas propiedades y hacer que así “cuadren los números”. Y esta paradoja lo cambia todo.

En 2024, la física Paola Verruchi logró construir un modelo matemático en el que justo el tiempo adquiere esa dicotomía. Desde fuera, parece que todo el conjunto está estático, pero si nos fijamos en el reloj interno, este se estiraría y contraería siguiendo una secuencia temporal.

¿Y todo esto para qué te preguntarás? Pues muy sencillo, porque el tiempo ha marcado toda mi trayectoria vital, amigo. Desde bien pequeño me ha fascinado ver cómo los segundos nos afectaban, a su manera, hasta cambiarnos por completo. Y como nuestras decisiones, nuestras experiencias y anhelos giraban en torno a él, como prisioneros en busca de una libertad que pareciera que nunca llegara.

Y es que en realidad, el tiempo no era su captor, sino el único capaz de poner cierto orden al caos de nuestro existir. Así lo pensaba yo, al menos. Y ahora veo que no soy el único. El tiempo está ahí para darnos claridad, para marcar el camino e interpretar nuestra realidad.

El tiempo nace cuando lo necesitas. Y muere cuando te olvidas de él.